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¡Para más que admirarlas, sirven las estatuas!
Por: Jangelort24 de junio de 2003
Recién mudado a mi actual vivienda, hace ya bastantes años, tomé la costumbre de sentarme a leer en el porche de la misma, muy temprano en las alboradas dominicales. Acostumbrado a madrugar diariamente para atender mi labor profesional, parecía que el tiempo libre de los fines de semana hacía que mi subconsciente me instara a pasar mayor cantidad de tiempo despierto, antes que quedarme somnoliento envuelto entre las sábanas hasta bien entrada bien la mañana. Cuando interrumpía la lectura para hacer algún recuento mental o descansar un poco la vista, podía ver a grupos de personas de alguna religión cristiana que se dedicaban a visitar casa por casa para llevar el evangelio a los habitantes de la zona y repartir pequeños panfletos. Una de esas mañanas, mientras leía en mi sitio de costumbre, fui interrumpido por dos jóvenes predicadoras quienes me abordaron con narrativas bíblicas e interpretaciones del sagrado libro.
Mi inquietud espiritual para esa época todavía estaba muy influida por los conceptos del catolicismo (religión dentro de la cual crecí), pero ya había comenzado a recorrer los caminos prohibidos por esa fe. Lo cierto es que ante aquella avalancha de interpretaciones bíblicas que yo no compartía y defendiendo mi libertad de pensamiento, siempre tenía en mi boca alguna expresión con que refutar las ideas expresadas por las dos evangelizadoras, apoyándome también en la Biblia. Al responderles sobre no recuerdo cual tema, mencioné una frase existente en una de las epístolas a los tesalonisenses: “No os fiéis de la palabra escrita, porque la palabra escrita engaña”.
Sorprendida por mi respuesta contundente, la mayor de las jóvenes me interrogó sobre cual religión practicaba. Supuse esperaba que yo le dijera ser católico y que mi contestación la empecinaría más en su prédica. Entonces le dije: “Nosotros somos cuáqueros”, con la intención de alejarla, pero ello parece que le intrigó más y volvió a preguntar, esta vez sobre cómo era esa religión que ella nunca había oído mencionar...!
Yo deseaba continuar mi interrumpida lectura, pero no encontraba la manera de salir de la conversación sin ofender a las dos jóvenes en su buena voluntad.
-Los cuáqueros somos muy pocos en Venezuela -dije. No superamos los cinco mil creyentes y no hemos construido un templo ni algo parecido. Cada familia oficia en el interior del hogar sus ritos sagrados y los que podemos nos reunimos una vez al año en algún lugar previamente escogido...
-Pero ¿cómo creen ustedes?
La situación comenzó a hacérseme hilarante e inquietante, y para quedar bien parado dentro de todo el embrollo en el cual yo mismo me había metido, asumí una pose patriarcal y con voz profunda y pausada les dije que tal vez la mejor forma de explicar nuestra fe era con un ejemplo, sugiriéndoles que imaginaran que en medio de nosotros estaba una estatua, y continué diciendo:
-Tú le ves la espalda, ella le ve su perfil y yo la veo de frente. Si tuviésemos que describir esa escultura desde nuestro particular punto de vista, tú la describirías como la ves teniéndola de espalda hacia ti; ella la describiría como la ve en su perfil; y yo lo haría como la veo estando de frente hacia mi. Cada una de las descripciones será diferente... Pero todas se refieren a la misma estatua y cada descripción es la interpretación que cada iglesia hace de la Divinidad.
La menor de ambas, que recitara extensos párrafos bíblicos aprendidos de memoria, me miraba con una expresión carente de comprensión. La mayor, que no superaría los veinte años, clavó sus grandes ojos negros en los míos y con voz que denotaba una inmensa confusión en su alma se despidió retirándose con rapidez, no sin antes darme las gracias por la atención que le había prestado.
Yo me quedé viéndolas como se alejaban sin hacer alarde de su femenil gracia juvenil y respiré profundo por haber salido “airoso” de mi propio enredo, y me dije:
-...¡Para más que admirarlas, sirven las estatuas!
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