Paganeo.net
Sirviendo a la comunidad neopagana
Entre alas y plumas
Por: JangelortAbr 29, 2003
A medida que las poblaciones empiezan a perder su bucolismo y las áreas de cultivo ceden terreno al avasallante empuje del crecimiento urbano y la industrialización, la fauna regional se encuentra de pronto ante el cambio violento de su hábitat que generan las deforestaciones.
Las canoras y otras emplumadas menos privilegiadas, se ven forzadas a salir de sus territorios y buscar otros lugares donde habitar o refugiarse. Muchas de ellas se acercan a las viejas zonas urbanas donde ya han crecido árboles y es así como me he visto favorecido con la presencia matinal y vespertina de distintos tipos de aves en el patio de mi casa: cristofués, tordos, reinitas, tortolitas, paraulatas, colibríes... Frágiles y ágiles, de vistoso colorido o más modestas, de mediano tamaño o diminutas, estas criaturas llenan de encanto algunas horas del día con sus trinos y su presencia... Hasta unos carpinteros de jaspeado plumaje y copete rojo se han acercado y ya identifico su presencia al oírlos picoteando los troncos de los árboles cercanos en busca de insectos para su sustento. En cierta oportunidad percibí que el martilleo rítmico cambiaba de timbre sonoro. Acostumbrado al tradicional “toc-toc-toc” y escuchar de pronto un sonoro “tang-tang-tang”, fue algo que me sorprendió e intrigado salí a investigar la razón de tal cosa, descubriendo al animalito picoteando el mástil metálico de la antena del televisor. Estoy seguro que el avecilla no encontró larvas allí para su alimentación, pero que sí se alejó con fuerte conmoción cerebral!
En cierta oportunidad tuve que dedicarme a criar a un par de pichones que se cayeron de un nido. Aquellas criaturas estaban aún sin pelusilla... pero con un hambre insaciable! Pacientemente comencé a alimentarlos con pan remojado en leche y el esfuerzo se vio premiado al verlos crecer hasta lucir un brillante plumaje azul. Se acostumbraron tanto a mi persona que identificaban mi voz o mi presencia; entonces, se pegaban contra el piso de la jaula, empezaban a batir las alas y a piar desesperadamente esperando comida... porque nunca dejaron de ser glotones empedernidos!
Tener alas es ser libres. Un día se fueron juntos. Lamenté su ausencia, pero me alegró que asumieran su libertad.
También recuerdo cuando rescaté del riesgo a caer en las fauces de algún perro o las garras de algún gato a un pichón de cristofué que estaba aprendiendo a volar, cosa que hacía sumamente mal y que imagino avergonzaba a todo emplumado.
Lo cierto es que estaba cayendo suavemente la tarde y no descubrí el nido del pichón en ningún árbol, por lo que tuve que hacerlo pernoctar en casa, dentro de una caja de zapatos. Al amanecer, tras limpiar la jaula de Gaspar, un loro real, me dediqué a alimentar con pan mojado en leche al marroncito chillón de pecho amarillo. No logré hacer que comiera. Así pasamos todo el día y a mitad de tarde se presentó en el patio una pareja alada, que supongo sus progenitores, ya que al descubrir al pichón formaron gran algarabía y trataron de alimentarlo a través de los barrotes de una improvisada jaula.
No solamente esta pareja de aves alteró la tranquilidad en el patio de mi casa: media docena de azulejos, varios tordos negros y otros marrones, unas cuantas parejas de diminutos frailecillos y reinitas, otras tantas paraulatas y cristofués se unieron al escándalo de trinos y nerviosos revoloteos avisando o festejando la aparición del pichoncito en mi poder. Lo saqué y coloqué en la mata de níspero esperanzado en que el problema tuviera solución, pero la noche llegó y volvió a dormir en la caja de zapatos.
El nuevo día despertó y fui a ver al animalito. No fue gratificante: muy débil estaba el pequeñín. A pesar de ello lo puse de nuevo en la mata y volvieron las otras aves con su angustiosos trinos. Noté que Timoteo (así lo bauticé) a cada momento se iba alejando más. Lo vi paradito en una rama y su madre poniéndole en el pico lo que creo era una semilla roja de no se que árbol...
Horas más tarde, cuando regresé de haber hecho algunas diligencias, lo encontré rígido entre las hojas de una florida mata de orquídea. Gaspar, el loro, en el interior de su jaula estaba esponjado como queriéndose esconder entre sus plumas. El patio estaba silencioso... No se oían trinos... No se veían más aves!...
Timoteo
Pequeño inocente de dorado pecho:
No bastó el amor para darte vida.
¿Fue por que Fortuna no estuvo a tu lado
sino el hado infausto, en tu final caída?
Quise darte vida. Quise darte tiempo.
La Madre Natura nada volvió a darte
y fuiste menguando solito y llenando
mi cariño en ti. Fue vana esperanza.
Volaste sin alas al azul empíreo
a cantarle a Dios con tus dulces trinos.
Cuando yo me vaya, paseando entre nubes
estate conmigo y cantaremos juntos.
(1-7-99)
Intercambio Paganeo.Net