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La Pasarela Mágica: Epílogo

Por: Jangelort
Oct 23, 2004

Hace rato que las últimas luces del escenario y la pasarela entraron en un merecido período de descanso y los altoparlantes guardan silencio. La luz de la luna baña con su cálida luz los jardines de Vida Pagana. En las sombras, el cortinaje mecido por la brisa parece que quisiera acariciar las bambalinas y el decorado.

Jangelort sale de un camerino metiendo en cintura su franela blanca y subiendo el cierre de su pantalón blue-jean. Con lentitud baja las gradas que hay a un costado del escenario. Ladridos de perros se escuchan no muy lejanos. El mago lleva sus manos a sus parietales y se frota las sienes con los pulgares para frenar el flujo de sangre que abarrota su cerebro y así lograr algún alivio del dolor de cabeza que le atormenta. En un extremo del jardín divisa un banco y decide sentarse un rato allí para descongestionarse de la experiencia vivida hace poco, respirando la brisa marina y oyendo el murmullo del oleaje cercano. Camina por el embaldosado que serpentea sobre el césped rumbo aquel sitio de descanso cuando a su lado, como una tromba, pasa corriendo desaforadamente Conmarí, seguido de Yotambién Soymarí y Yagel. La sorpresa de Jangelort es superlativa y se incrementa más cuando una jauría de varios perros gran danés con sus roncos ladridos y seguida por un chihuahua con voz de vitrola, casi lo atropellan. La palpitación en las sienes le hace creer que la cabeza le va a estallar y apresura el paso hacia el banco donde espera recuperarse en pocos minutos. Llega al sitio y se sienta apoyando la espalda contra el respaldo del mueble, y tira la cabeza hacia atrás. Respirar profundamente aquel olor a salitre le ayuda a descongestionarse. El romper de las olas y el batir de las palmeras por la brisa tienen tan natural musicalidad que, cual voces divinas, contrastan con la estridencia que se oía en la pasarela...!

Uno... Dos... Tres lentas respiraciones profundas aplicando el mudra “kubera” en la nuca y luego girar la cabeza en redondo en uno y otro sentido, sintiendo el traqueteo del atlas al soportar el peso del cráneo en su movimiento... ¡son un alivio!...

Una voz quebradiza e insegura sobresalta a Jangelort.

-Bastante deprimentes algunas actuaciones, considero... Perdone lo inesperado que le pueda resultar mi presencia. Es usted el señor Jangelort, ¿no es cierto?

-...¡Exactamente! ... ¿Y usted quien es?

-Me llaman Xavier París. Soy hijastro de la Duquesa del Monte de Venus, Caballero en 2do. Grado de la Confraternidad Internacional de Onanistas y beneficiario de algunas regalías que deja el invento de monsieur Dr. Condom.

-¡Muy interesante...! Imagino que usted debe tener muchas anécdotas.

-Algunas. Solamente algunas incluiré en mis memorias –dice el extraño caballero mientras camina alrededor del banco apoyándose en el respaldar, para sentarse-. La mayor parte son relativas a cosas que he visto en mi caminar por el mundo.

Jangelort empezó a preguntarse de dónde pudo haber salido semejante personaje: alto, delgado, trajeado todo de blanco, ligeramente pálido, de hablar afectado posiblemente por alguna rara enfermedad sufrida en la laringe en alguna etapa pasada de su vida, con gestos y ademanes suaves de sus manos y de vez en cuando abriendo mucho los ojos como para enfatizar algunas palabras.

-¿Pero estuvo usted presenciando la Pasarela Mágica?

-Obviamente. De no haber sido espectador no hubiera podido quedarme en los jardines de esta institución; ni estar recostado al pié de aquel cocotero cuando usted llegó a sentarse aquí; ni hubiera podido ver como casi lo atropella la jauría. ¡Todo muy interesante para mis memorias!

Los ladridos de los perros se dejaron escuchar nuevamente. Los dos personajes miraron en derredor tratando de identificar el origen de los mismos pero no pudieron hacerlo.

-Dígame algo, señor París...

-...Xavier... –acotó el personaje- No: Javier.... Llámeme simplemente: Xavier!

-...Quisiera saber si usted es de alguna corriente religiosa mágico-pagana como las personas que frecuentan esta comunidad.

-No. No. No....! Conozco porque he leído. Pero no me inclino por ninguna de esas creencias.

-Y entonces ¿por qué vino?

-¡Para distraerme!... ¡Para buscar hechos que narrar en mis memorias!... Usted sabe: éso de escribir de sí mismo es algo incómodo para personas como nosotros; es preferible dejar tal tarea a nuestros futuros biógrafos y referir nosotros en esas memorias diferentes hechos que hayamos presenciado pero... siendo espectadores, nunca protagonistas.

Surgiendo casi de la nada, Yagel y sus dos amigos pasan corriendo ante Jangelort y Xavier París.

-...¡Ayúdanos, Jangelort! –grita a su paso Yagel-.

-...¡Haga algo, por favor...! –agrega Yotambién-.

-...¡No nos abandones a nuestra suerte, papi!... –exclama Conmarí-.

Violentos latidos en sus sienes hacen que Jangelort haga presión sobre ellas, mientras la jauría con sus ladridos pasa en persecución de la tríada de amigos que mantiene sus pies en polvorosa.

-Hace rato que esta situación la estoy presenciando –comenta el hijastro de la duquesa...-. Por lo que vi en la pasarela y habiendo podido presenciar algunas incidencias previas al espectáculo, amén de lo que pude enterarme por otros métodos, me atrevería a decir que lo que le acontece a esos jóvenes con esos perros es producto de la llamada Ley de Tres.

-¡La inexorable Ley de Tres!

-Le diré, señor Jangelort: Tanto usted como las otras personas que participaron en esa Pasarela Mágica, fueron sometidos a un trabajo de mala arte por parte de quien promovió el evento...

-...Pero los dos compañeros que están corriendo junto con Yagel también fueron víctimas de ese hechizo!

-Respetado señor: Esos otros dos jóvenes también aportaron ideas para que esa mezcla rara de bruja y modelo excéntrica llamada Yagel, montara el espectáculo... Olvide aquello de “nobleza obliga”. Aquí no vale.

No muy lejos, bajo la luz de la luna, los tres amigos corren por la playa seguidos de la jauría. Uno de ellos tropieza con algo y cae al piso. Jangelort y Xavier París ven como un gran danés se abalanza sobre la persona que está sobre la arena pero en ese instante llega otro perro y entre ambos inician una disputa por la presa, lo cual permite a ésta ponerse rápidamente de pié y continuar su carrera. Jangelort, estupefacto por lo que ha visto no sabe qué decir, mientras su acompañante con sus heteróclitas maneras deja escapar una ahogada y maliciosa risita.

-Es concebible que sean víctimas de la Ley de Tres –comenta Jangelort-. Ya en otras oportunidades Yagel la ha sufrido y por lo visto no quiere aprender la lección.

-Usted sabe que el ser humano es el único que tropieza varias veces con la misma piedra...

-Conforme. Pero la Ley ha respondido con mucha prontitud esta noche...

- Señor Jangelort: Considere que después de Yagel haber hecho que su hija casi le limpiara su cuenta bancaria usando una tarjeta de crédito... Traerlo mal vestido a Vida Pagana... Hacer que terminara borracho en la cocina... Tener que soportar el regaño y el mal genio inducidos al carácter (generalmente afable) de esa dama llamada Moon Dance... Hacerlo pasar tan mal rato cuando se bañaba... Subirlo al escenario en aquella facha... Y para colmo violentar el libre albedrío de todos los actores, es para que la Ley de Tres hubiese funcionado por anticipado...!

Las palabras de aquel personaje retumbaron en la bóveda craneal del viejo mago recordándole la experiencia reciente y reviviéndole el dolor de cabeza que había logrado controlar.

-La Ley de Tres –continuó exponiendo Xavier París- es algo impredecible. Según lo que he investigado sobre el tema, ella puede manifestarse de diferentes maneras en algún momento de la vida presente o en una vida futura; por consiguiente, que se esté manifestando casi instantáneamente ante nuestros ojos, no es algo... ¡excepcional!

-...¡Socorro, Jangelort! ¡Usa tu magia, por fa’...! –es la exclamación de Conmarí al pasar corriendo frente al viejo mago-.

-¡Esos perros son muy grandes!... –dice con angustia Yotambién- ¿Qué quieren de nosotros?

-...¡Lo que quieren es abrazarnos!... -responde Yagel a quien en su carrera se le suelta un zapato que va a caer en las manos de Xavier París-.

La jauría, en tropel, continúa su persecución dejando al chihuahua bastante atrás. Los circunstanciales interlocutores sentados en el banco se miran con cierta expresión de asombro. Xavier París, hace girar entre sus dedos el zapato de Yagel y tras mirarlo se lo entrega a Jangelort mientras le dice:

-Tal vez las Divinidades han querido que este zapato llegue a sus manos para que lo use como “testigo” en un hechizo que libere a esos tres de semejante jauría verrionda!

-Esto no servirá de nada y no voy a hacer ninguna magia que me pueda echar encima karma ajeno... –y tomando el zapato lo lanza con violencia hacia un costado, yendo el objeto a dar contra la cabeza del retrasado de la jauría que tras un lastimero ladrido de dolor queda inconsciente sobre el césped- ...Además, no ha pasado nada...

-...¡Todavía...!

-...como para que yo me arriesgue a intervenir en favor de esos tres.

-Mire usted allá, señor Jangelort. Sus amigos han tenido que subirse a un árbol.

-¡Y tendrán suerte si no encuentran araguatos!

-Caballero: pronto empezará a clarear y a mi la luz del sol no me hace bien. Lamento tener que retirarme. Tal vez tengamos oportunidad de vernos en el futuro e intercambiar ideas de manera más diáfana, sabia, sin jauría ni, Ley de Tres. Ha sido un placer.

Xavier París se pone de pié, hace una reverencia ante Jangelort y dándole la espalda se aleja por el sinuoso embaldosado que conduce a la salida de Vida Pagana. Es entonces cuando el viejo mago percibe que el visitante cojea y necesita apoyarse en un bastón.

Una sombra descendiendo desde arriba llama la atención de Jangelort.

-...¡Lechuza!... ¿Dónde estuviste todo este tiempo? –inquiere el mago-.

-Presenciando todo el espectáculo desde lo alto de una palmera, viendo las carreras, la jauría y oyéndote hablar con tu amigo.

-¿Mi amigo?...

Jangelort voltea para ver alejándose a Xavier París, pero el personaje ya no está... Los ladridos de los perros atraen su atención. Con un gesto de resignación el viejo se pone de pié y enfila hacia el árbol donde Yagel y sus compañeros han logrado subirse. Los perros están ladrando apoyados al tronco. El viejo mago recoge algunos caracoles y piedras y los lanza hacia los cánidos.

-¡Eah!... ¡Fuera de aquí!... ¡Fuera!...

Los perros al verse apedreados y alertados por los gritos del mago emprenden la huída.

-¡Urra!... Jangelort es nuestro gran amigo!... ¡Sabíamos que no nos abandonaría a tan terrible suerte!... ¡La nobleza obliga, Jangelort!...

-¡Ba!... –responde Jangelort y se aleja del lugar mientras los tres amigos descienden de las ramas que les sirvieron de refugio- ...Vallan a sus habitaciones, estarán más seguros.

Lechuza desciende y se posa en el hombro de su dueño. El la mira y sonríe a la vez que le acaricia el suave plumaje. Camina con su mascota rumbo a la salida de Vida Pagana y al llegar a ella, gritos y ladridos vuelven a escucharse; cuando Jangelort mira hacia atrás, descubre a la jauría persiguiendo nuevamente a Yagel y sus amigos.

-Oye, viejo: espanta a los perros otra vez! –sugiere Lechuza-.

-...¡Ah, no!.... ¡Que asuman su peo o que se jodan!... ¡Ey, Taxi!... Lléveme pronto al aeropuerto.

Gritos y ladridos se fueron quedando atrás a medida que el auto se dirigía a su destino, mientras los primeros esbozos de un nuevo amanecer empezaron a verse sobre el cielo caribeño.



FIN


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